Guadalupe Ríos
Juchitán, Oax. Cuando Graciela Iturbide llegó a Juchitán por primera vez en 1979, no sabía que aquí había de encontrar la que sería una de las imágenes más icónicas de su vasta carrera.
Llegó por invitación del maestro Francisco Toledo, quien buscaba que la mirada de diversos fotógrafos capturaran con su lente imágenes de Juchitán, para hacer una serie fotográfica que después se quedaría como otra de las tantas aportaciones que Toledo hizo a la cultura binnizá, pero no fue así.
“Fue uno de mis primeros trabajos, yo no conocía Juchitán y lo hice porque Francisco Toledo me invitó (ya ves que él es de Juchitán) entonces me dijo, quiero que… no iba a ser libro, nada más iba yo a venir a hacer un reportaje y que lo regresara a la Casa de la Cultura para que la gente viera las fotos que yo había tomado; entonces bueno, yo no hice eso y me gustó tanto que yo le dije, no, … espérame, espérame! yo quiero seguir trabajando y entonces hicimos el libro, fue de mis primeros trabajos”.
En los primeros días que Graciela Iturbide arribó a la ciudad de Juchitán se adentró al mundo del mercado y fue ahí en la parte sur del palacio municipal, entre mesas que exhibían bandejas rebosantes de guisado de iguana, conejo, armadillo y tortillas de horno cuando vio una imagen que llamó su atención.
Con el garbo de las juchitecas Sobeida Díaz, vestida de enagua y huipil llegó al mercado esa mañana cargando sobre la cabeza racimos de iguanas vivas para la venta del día y sin pensarlo, Graciela le pidió permiso para tomarle una foto: “por favor, no se las quite, déjeme tomarle un retrato”, fue lo que le dijo, según una entrevista que le dio a la escritora Elena Poniatowska.
Pero no fue una foto, fueron varias las capturas que Iturbide hizo hasta obtener la imagen deseada; la misma que luego sería portada de su libro “Juchitán de las Mujeres” y que se convirtió en un ícono de su vasta obra, tal vez igual de representativa como lo fue para la obra del cubano Alberto Díaz “Korda”, la foto del “Guerrillero heroico” tomada al Ché en la Habana en 1960.
“Estoy muy feliz de volver a ver a Juchitán, de encontrarme con todos ustedes, ha cambiado mucho, bueno después del terremoto, pero pues (vuelvo) con mucho amor que le tengo a este pueblo, a esta ciudad y a todos los ciudadanos y sobre todo a las mujeres que quiero tanto”.
Graciela ahora está sentada sola en las escaleras que llevan a la planta baja del hotel donde se hospeda. Viste un conjunto blanco de algodón, pantalón y blusa de manga larga con botines negros de piel. Su rostro lo enmarcan un par de arracadas de filigrana dorada.
El viento mueve su cabello corto y ondulado y en las manos -que siempre cargan una cámara- ahora oculta la envoltura de un panqué mientras bebe una bebida azucarada para nivelar el repentino descenso de su presión arterial, pero el malestar ha cedido y se le ve bastante bien, sonriente, repuesta, sencilla y amable como siempre.
Acepta la entrevista y confiesa que se siente “un poco rara” pues ahora no es ella la que captura a la personas en su cámara sino que es su imagen la que otros capturan para una película sobre su vida artística.
“Están haciéndome una película …estamos yendo a los lugares que yo he ido, entre ellos obviamente Juchitán, entonces por eso vine. Ahora nos vamos a Oaxaca, ya me filmaron en Oaxaca y luego vamos a ir al desierto de Sonora, donde yo trabajé al mismo tiempo que Juchitán y luego vamos a ir a Estados Unidos, donde yo fotografié a una pandilla que la seguí por mucho tiempo, en White Fence, en el oeste de Los Ángeles y quizá a una isla de pájaros donde yo he fotografiado, porque tengo varios libros de pájaros., o sea a los lugares que yo he estado”.
Los paisajes y la realidad de la pobreza en las comunidades indígenas han sido elementos en la obra de Graciela Iturbide pues afirma:
“Siempre he trabajado con los pueblos originarios, pero ahora no puedo mucho por el narco”.
Como lo ha sido siempre, su cámara sigue siendo el pretexto para conocer el mundo y dice que a cada ciudad que va, lee a los escritores del lugar, se entera de las leyendas y recorre todos los lugares que puede, “es una manera por la cual en mi vida a través de la cámara he conocido el mundo”.
Por su trabajo ha viajado a Madagascar, a Mozambique, a Italia y ahora próxima a cumplir 81 años, la mitad de ellos dedicados a la fotografía, se dedica a viajar a Europa.
“Ahora estoy trabajando con la naturaleza, con los volcanes, con la lava, con la piedra y la tierra, o sea que volví al origen del hombre no?, al origen y al final y …al fin del mundo!»
Y nos despedimos con un abrazo y mi agradecimiento por el gesto de solidaridad que tuvo hace unos 30 años para ayudar en la creación de un espacio de resguardo para mujeres que sufrían violencia en sus hogares.
Los recuerdos regresan a aquella tarde de amena charla que pasamos junto a la pintora regiomontana Mercedes Gasque Silva bajo la sombra de un joven huanacastle y una enramada en la recién fundada Colonia Popular Gustavo Pineda de la Cruz en Juchitán, pero algo o mucho ha cambiado en esta ciudad de contrastes pero no su esencia.
“Evidentemente Juchitán sigue siendo Juchitán, ha cambiado en algunas cosas, pero claro que es Juchitán y me encanta, me encanta…” dice.












